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La noche anterior al cierre el museo fue plenilunio, nueva novela de Carmen Turrent, una sinfonía de amores fantásticos y oscuros

La noche anterior al cierre el museo fue plenilunio tiene una estructura polifónica en la que se delinea casi desapercibidamente un país posrevolucionario custodiado por el emblemático museo del edificio de cristal. Una historia distinta, con cierto humor, llena de pasión y que muestra una faceta del México profundo.

El relato comienza con Cecilia y Helena, dos niñas que van con el colegio a visitar el museo de El Chopo en México. Están fascinadas porque es un museo de ciencia natural con animales disecados, esqueletos de dinosaurios  y también hay momias. Su madre les cuenta que su tía Marcela está en ese museo momificada y se entusiasman con poder verla. A partir de ese momento, entreverada en varios planos narrativos, conoceremos la historia que llevó a Marcela a convertirse en una muerta incorrupta: su historia de amor con Rómulo, su fallecimiento y su periplo una vez convertida en cadáver.

Basada en una historia familiar, la narración se desarrolla entre el pueblo michoacano de Tlapujahua, y la Ciudad de México, bajo el cobijo de uno de los museos icónicos y entrañables, principalmente para los capitalinos: El Chopo.

La vida de los personajes confluye en una sola, la de Marcela, descubierta incorrupta por su esposo y trasladada por su hijastro a  Azcapotzalco, pueblo aledaño a la Ciudad de México, y posteriormente al museo de El Chopo. Rómulo, Marcela la viva, Esteban, Marcela la momia, Helena y Cecilia, son los personajes centrales del relato. Un cruce de pasiones, amores y extravíos  de aquellos que no pasan completamente el dintel de la muerte, quedan a medias, incorruptos o momificados, y de los que viven a su alrededor y no pueden sustraerse de las pasiones oscuras, tiernas, descarriadas y brutales que inspiran.

“Seguía amando a Rómulo con pasión y costumbre. Se volvió cariñosa y huraña a intervalos. Hacían el amor calladamente en ocasiones y recobraban los ardores juveniles en otras. Pero Marcela estaba herida profundamente y el consuelo del «ser la señora», allá en lo profundo, no le servía de nada. Marcela inició el declive de su vida. Las vecinas, amigas, familiares y visitantes, el pueblo entero, la vieron envejecer poco a poco en dos o tres meses. Para la mayoría muy rápido. Hasta extraño según otros, porque decían era ejemplo de cristiana y no debía dejarse morir. No tiene caso entrar en esta discusión. Lo cierto es que murió con el Rómulo en la boca, besando su mano y soñando, situada en el pensamiento que le había dado algo de consuelo. Soy la señora, soy la señora, se repetía. En el lecho de muerte, Marcela exigió a Rómulo una promesa: a los siete años de sepultada, la desenterraría para llevarla a descansar al atrio de la iglesia, como corresponde a una señora, y donde lo esperaría para que descansasen juntos. Él lo juró. El destino le permitió cumplir a medias.” (Fragmento de La noche anterior al cierre el museo fue plenilunio, La Equilibrista, 2020)

Carmen Turrent (México, 1946) radica en la ciudad de Cuernavaca desde hace más de cuarenta años y es profesora de primaria, maestra en ciencias del lenguaje y doctora en literatura mexicana. Ha trabajado en la formación de maestros de lengua y literatura y en educación indígena de su país en la Universidad Pedagógica Nacional; además ha publicado diversos artículos sobre arte, educación y literatura en revistas universitarias, y cuentos como coautora.

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